Comienza de nuevo una noche llena de misterio, a primera instancia parecía no tener valor, pero la música fue la que tuvo voz para manifestar lo contrario.
El sonido llamaba a los presentes a la pista de baile, a veces entraban grupos, en otras ocasiones se acercaba uno solo, pero como abejas al panal, la música los atraía para no soltarlos.
Una vez dentro de la pista, parecía haber raíces que cobraban vida, sosteniendo las piernas de los danzantes, moviéndolos de un lugar a otro, pero sin dejarlos ir.
La música se apiadaba de nosotros, otorgándonos la oportunidad de refrescarnos la garganta, solo para volver con mayor ímpetu.
Osados a no dejar ninguna canción sin ser bailada, llevamos nuestro cuerpo al límite, luchando contra cualquier agonía fisiológica.


El momento clave se acercaba, se podía notar que el espacio crecía en el transcurso de los minutos, el final se acechaba a la distancia.
Llena de benevolencia, Laura Peck extiende su set hasta las tres de la mañana, con una audiencia minúscula, pues solo pocos resistieron hasta el final, sin sucumbir al dolor.
Demostrando persistencia en la pista de baile, el espacio se volvía más íntimo, la música viajaba hacía lo más profundo de los oídos presentes.
Una de las ravers se desplazaba por toda la pista, llenando con sus pasos cada rincón de la discoteca.
Amigos bailaron hasta el final de la última canción, despidiéndose con aplausos y gritos de la protagonista de la noche.
Con los tímpanos ensordecidos, la velada tuvo su clausura sin dejar nada más que pedir, excepto quizá, ser más larga.

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